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Asistimos al II Congreso de Industrialización

La industrialización no mata la creatividad (si sabes cómo usarla)

Nos gusta pensar que el futuro está lejos. Que llegará algún día, sin avisar, como una notificación de LinkedIn. Pero no. A veces el futuro se presenta un jueves por la mañana en el Auditorio Cuatrecasas de Madrid, en forma de congreso de industrialización. Y te dice: «Ey, o espabilas o te quedas fuera».

Así arrancó el II Congreso de Industrialización organizado por InMat by Ciare , celebrado los días 27 y 28 de marzo. Un congreso reunió a arquitectos, promotores, constructores, fabricantes y representantes públicos. Todos hablando, por fin, el mismo idioma (más o menos): el de la construcción industrializada.

De la multidisciplina al propósito común

La inauguración dejó claro que esto va de pensar distinto. Como dijo Javier Fontcuberta, director general de Cuatrecasas, lo que viene no es una evolución, sino una revolución. Un cambio de guion donde la sostenibilidad, la eficiencia y el papel del arquitecto se reescriben con tinta industrializada.

Marta Vall-llosera, presidenta del CSCAE, puso el dedo en la llaga: «La tecnología no puede ser excusa para construir sin alma». Porque sí, se puede automatizar una fachada, pero no (todavía) una emoción. La industrialización no es el enemigo de la arquitectura, sino su nueva herramienta. Y como toda herramienta, depende de cómo se use. Como bien decía Iñaqui Carnicero, Secretario General de Agenda Urbana, Vivienda y Arquitectura: «El momento es ahora. La industrialización no es un futuro lejano, es una oportunidad real que tenemos delante. Y todos —administraciones, empresas, arquitectos— estamos empezando a remar en la misma dirección. Que esta conversación no se detenga».

¿La industrialización mata la creatividad?

Fue el título de una de las mesas más comentadas del congreso de industrialización. Y la respuesta fue clara: no, siempre que sepas jugar con las piezas. Como los LEGO. De hecho, muchos estudios mostraron proyectos donde los componentes industriales no solo no limitaban, sino que potenciaban la creatividad. ¿El truco? Diseñar con ellos desde el minuto uno.

Vimos ejemplos como las Torres Skyline o las Torres Marqués de Viana diseñadas por Touza arquiectos, que demuestran que se puede hacer vivienda social casi de 100 metros de altura, eficiente, elegante y sí, industrializada. No solo se han convertido en referentes urbanos de Tetuán, sino en modelos exportables de cómo la industrialización puede dignificar un barrio. Tampoco es casualidad que muchos de los edificios que aparecían en la presentación lleven sistemas Kömmerling  como las viviendas en Valdemoro del Plan Vive diseñadas por el estudio de arquitectura de Cano y Escario, o el edificio Bosque Atocha diseñado por Morph estudio. Porque sí, cuando hablamos de precisión, estanqueidad o eficiencia energética, la ventana importa. Y mucho.

La ventana como componente y proceso

En la mesa redonda “Beneficios de la construcción industrializada por componentes”, moderada por Lorena Alonso, directora técnica de Ávita, Javier Bermejo —director general de Kömmerling— fue al grano:

«La planificación que permite la industrialización es muy diferente a la que encontramos en la construcción tradicional. La precisión, la capacidad de coordinación… todo el proceso supone una ventaja que permite obtener mejores resultados. En el caso de la ventana, su fabricación es la misma, pero el proceso que la rodea cambia totalmente».

La frase encierra una verdad incómoda: muchas veces seguimos proyectando como si todo fuera a hacerse in situ, a martillazo limpio. Pero si lo piensas bien, fabricar una ventana en taller y colocarla como parte de un proceso organizado y coordinado no solo mejora el resultado, sino que reduce errores, tiempos y costes. ¿Dónde está el problema?

Compatibilidad y colaboración: las dos palabras mágicas

Javier Martín, director general de Vivienda y Suelo, lanzó un órdago muy necesario: “¿Estamos realmente a gusto con cómo funciona hoy la construcción?” La respuesta está clara. Nadie lo está. Ni el arquitecto, ni el constructor, ni el industrial, ni el promotor. Y si todos estamos incómodos, ¿no será hora de cambiar las reglas?

Dos conceptos emergieron como imprescindibles: compatibilidad y colaboración.

  • Compatibilidad entre componentes, porque si los sistemas no se entienden entre sí, la creatividad del arquitecto se queda en papel mojado.
  • Y colaboración real entre agentes, desde el minuto uno, con decisiones compartidas y riesgos repartidos. Porque, no nos engañemos, sin colaboración, la industrialización se queda en PowerPoint.

El proyecto congelado y la nostalgia del albañil

Alguien en la mesa lanzó una idea provocadora: “El proyecto congelado es como el pescado, cuanto más fresco, mejor”. Un símil que sirve para entender que si no se define todo bien desde el principio, acabamos improvisando y sufriendo durante la obra. Y hubo un momento de melancolía cuando se recordó que Siza ya no habla con los albañiles. Que ese contacto entre arquitecto y ejecutor se ha perdido. Pero la industrialización —bien entendida— puede ser justo lo contrario: volver a hablar con el que hace. Entender los procesos. Como un Lego, pero con alma.

¿Y ahora qué?

El congreso de industrialización terminó como suelen terminar estas cosas: con muchos deberes y una sensación clara de urgencia. Sabemos qué hay que hacer. Sabemos que la tecnología está lista, que la industria responde y que los arquitectos, lejos de resistirse, están más que preparados. Pero falta compromiso. Firmeza. Apostar de verdad por un cambio de modelo.

Desde el Reto Kömmerling lo decimos claro: no se trata de sustituir la arquitectura por procesos, sino de utilizar los procesos para construir mejor arquitectura. Más sostenible, más eficiente, más humana.

 

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Jorge Consuegra
Arquitecto especializado en diseño estratégico y nuevas tendencias.

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