

A este post habíamos pensado titularlo «crónica de una transformación inevitable». Algunos piensan que hablamos de ciencia ficción o de una moda pasajera, pero la inteligencia artificial ya forma parte del ecosistema de la edificación. Y no como un decorado futurista, sino como una herramienta que empieza a colarse —todavía con cierta timidez— en los entresijos del diseño, la obra y la gestión urbana. Lo hemos visto en el último encuentro del IA Lab COAM, un foro que no juega a adivinar el futuro, sino a leer con atención lo que ya está ocurriendo.
Porque sí, el sector está cambiando. Lo hace empujado por la urgencia climática, por la presión de los costes, por la necesidad de repensar procesos que llevan décadas funcionando en piloto automático. Pero también —y aquí está lo interesante— por una ambición renovada de los arquitectos por recuperar su lugar como estrategas. Y en ese tablero, la IA no es un enemigo. Es una aliada compleja, potente y, si se sabe usar, profundamente transformadora.
La jornada arrancó con una frase que nos acompaña desde hace tiempo: “el dato es el nuevo oro”. Pero lo que propusieron Javier Bono y Nacho Mor desde el estudio Arqueha de Valencia va mucho más allá. No se trata de acumular datos como quien colecciona cromos. Se trata de convertirlos en indicadores con sentido, capaces de construir una narrativa objetiva del territorio. ¿Qué quiere decir esto? Que podemos —y debemos— tomar decisiones de diseño y planificación con un marco de evidencias técnicas, no solo con intuiciones.

InPlan, la herramienta que presentaron, trabaja con más de 60 indicadores urbanos. Desde la distancia al transporte público, hasta el consumo energético edificio a edificio. Y no lo hace para sustituir al urbanista o al arquitecto, sino para dotarlo de herramientas que permitan simular, comparar y explicar decisiones. Es decir, para reforzar nuestro rol como mediadores entre lo técnico, lo político y lo social. Este enfoque, que ya está en marcha en Valencia, permite visualizar en tiempo real el impacto de una intervención sobre la biodiversidad, la economía local o la accesibilidad. Y aquí viene el matiz importante: no se trata de que una IA lo decida todo, sino de que podamos tener una brújula más precisa en un contexto de decisiones cada vez más complejas.

En el segundo bloque, el foco se desplazó hacia la obra. Y más concretamente, hacia la construcción industrializada. Álvaro Nogueira, director de ávita Tech (la división de construcción industrializada de Grupo Avíntia) compartió una experiencia tangible de integración de IA en la fabricación de paneles estructurales y componentes constructivos. ¿El objetivo? Mejorar la eficiencia, reducir errores y optimizar procesos.

La receta es conocida: robotización, sensores, trazabilidad. Pero lo interesante aquí es cómo la IA permite anticiparse. Un robot que adapta el encofrado al panel del día siguiente. Un sistema que ajusta la mezcla del hormigón según temperatura y humedad. Un modelo de planificación que reorganiza fases de obra con variables en tiempo real. No estamos hablando de sustituir operarios, sino de aumentar la capacidad de respuesta de todo el sistema. Y, sobre todo, de diseñar mejor. Porque cuando la obra se vuelve predecible, el proyecto gana en fiabilidad, en coste y en calidad.

Eso sí, el avance no está exento de fricción. La compartición de datos entre agentes sigue siendo una barrera. Falta interoperabilidad. Sobran silos. Y sigue habiendo una resistencia, a veces cultural, a dejar que los procesos evolucionen más allá del Excel o simple dibujo de AutoCAD. Tenemos que darnos cuenta de que la manera de relacionarnos entre los diferentes agentes ha cambiado, hace 10 años nadie hablaba de contratos IPD (Integrated Project Delivery) y ahora son una realidad. Por cierto, Kömmerling cumple una función clave como proveedor estratégico de soluciones de carpintería de altas prestaciones dentro de ávita.
El evento no fue complaciente. También se habló de los frenos reales para una implantación efectiva de la IA en el sector. Eneritz Barreiro (Tecnalia- centro de investigación y desarrollo tecnológico) fue clara: el problema no es solo técnico, es estructural. Y afecta a varios niveles:

La IA no es un plugin que se instala. Es un cambio de paradigma que exige nuevas habilidades, nuevos roles y, en muchos casos, nuevas estructuras.
La mesa redonda final lo dejó claro: la Inteligencia artificial no sustituye al arquitecto, lo potencia. Pero eso implica asumir un rol activo. Dejar de temer a los datos. Entenderlos. Interpretarlos. Utilizarlos para proyectar mejor. Para los estudios pequeños, puede ser la llave para competir en plazos y calidad. Para los grandes, un catalizador para revisar procesos obsoletos. En todos los casos, la tecnología tiene que estar al servicio del proyecto. No al revés.
Se mencionaron ejemplos concretos: herramientas de simulación energética en tiempo real, generadores automáticos de mediciones, sistemas de comparación de precios con bases históricas propias. Todos ellos muestran cómo automatizar lo repetitivo puede liberar tiempo para lo esencial: pensar, imaginar, diseñar. La inteligencia artificial está entrando en el mundo de la arquitectura. Eso ya no es debatible. La pregunta que queda por responder es cómo la queremos usar. Si como herramienta que refuerza la calidad y la sostenibilidad del proyecto. O como excusa para producir más rápido sin preguntarnos el porqué.

En el Reto Kömmerling creemos que los arquitectos tienen la capacidad —y la responsabilidad— de liderar esta transformación como bien explican Inés Leal y Stefan Junestrand, directores del IA Lab COAM. No desde la fascinación tecnológica, sino desde el compromiso con una arquitectura rigurosa, humana y responsable.
Porque la IA puede calcular mucho, pero todavía no sabe dibujar una ciudad que emocione.